Cómo esta experiencia me moldeó como madre y defensora – Por Kalika Tebbe
Cuando nació mi hija Willa, sabía que la maternidad me cambiaría. No me di cuenta de que también cambiaría la forma en que veo las escuelas y el acceso a los recursos. Vivimos en una pequeña comunidad rural donde todos se conocen, pero donde los servicios especializados para niños con discapacidades son limitados.
Willa tiene síndrome de Down, y sabíamos que la intervención temprana sería importante. Cuando exploramos los servicios de Educación de la Primera Infancia (ECE), nos enteramos de que nuestro distrito local no tenía el personal ni los programas para satisfacer sus necesidades. No había aulas especializadas para la educación infantil temprana ni terapias integradas para apoyar su desarrollo.
Así que tomamos la difícil decisión de inscribirla en un programa de ECE en un condado vecino. Llevarla a través de los límites del condado para asistir al preescolar fue una experiencia emotiva. Eso significaba que no asistiría a la escuela con los niños del vecindario, pero también significaba que recibiría el apoyo estructurado que merecía.
En su nueva aula, la inclusión fue intencional. Los terapeutas colaboraron con los maestros, los objetivos individualizados formaron parte de las rutinas diarias y ella fue percibida como capaz. Los servicios de primera infancia no solo fortalecieron su habla y sus habilidades motoras, sino también su confianza e independencia.
Incluso en nuestra pequeña comunidad, Willa es más que solo una estudiante: ella es Willa. Ella es conocida, apoyada y celebrada. Verla crecer en un entorno diseñado para ayudarla a prosperar ha hecho que cada kilómetro valga la pena.